Blog de la Fundación FACUA y la Fundación Ciudadana por un Consumo Responsable para la colaboración y el intercambio entre las organizaciones de consumidores de América Latina, el Caribe y Europa

Blog de la Fundación FACUA y la Fundación Ciudadana por un Consumo Responsable para la colaboración y el intercambio entre las organizaciones de consumidores de América Latina, el Caribe y Europa

Publicado el 30 de octubre de 2026, por Doménec Bernad 

El contenido vertido en los artículos y entrevistas publicados en el Blog Consumo y Ciudadanía, son de responsabilidad de sus autores y no reflejan necesariamente la postura de las Fundaciones que propician dicho blog

Vivimos una paradoja incómoda. Todos los discursos públicos ensalzan la participación ciudadana: votar, sindicarse, militar, asociarse, organizarse. Sin embargo, la mayoría de la gente no participa. Y cuando no lo hace, la explicación más rápida —y más cómoda— es moral: apatía, egoísmo, desinterés. Desde el marxismo, esa explicación es perezosa y falsa. La no participación no es una falla del carácter, sino un efecto de las relaciones sociales de producción. Para entenderla hay que mirar la base material: el tiempo, la energía, la salud, el deseo y el poder real de decisión que el capitalismo expropia.

El psicólogo Álex Giménez propone una clasificación sencilla pero demoledora. Las personas se
dividen en cuatro grupos según dos variables: la voluntad (querer cambiar) y la capacidad (poder
hacerlo). Hay quienes quieren y pueden; quienes quieren pero no pueden; quienes pueden pero no
quieren; y quienes ni quieren ni pueden. Aplicado a la participación en asociaciones, esto lo cambia
todo.

El error habitual de sindicatos, partidos y colectivos es creer que basta con persuadir. Se imprimen
panfletos, se dan charlas, se organizan foros de debate, se convocan asambleas. Pero, como señala
Giménez, la conciencia política no es un interruptor que se enciende con el argumento correcto. La
salud mental y las condiciones materiales determinan la capacidad de participar. Quien llega a casa
reventado tras doce horas de trabajo precario, trabajo efectivo mas horas de transporte al centro de
trabajo, quien arrastra una depresión sin tratar, quien tiene que llevar adelante una familia con hijos,
escuela, actividades extraescolares, quien cuida de un familiar dependiente sin red pública, no
participa porque no puede. No es apatía: es agotamiento. El capitalismo no solo vacía el bolsillo;
vacía la psique. La alienación marxista no es solo separación del producto del trabajo, sino fractura
psicológica que impide pensarse como sujeto colectivo.

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