Blog de la Fundación FACUA y la Fundación Ciudadana por un Consumo Responsable para la colaboración y el intercambio entre las organizaciones de consumidores de América Latina, el Caribe y Europa

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La interferencia de la industria en políticas públicas sanitarias. ¿Qué política consumimos? Reflexiones para abrir un debate

Publicado el 4 de junio, 2019 por Esperanza Cerón

¿Existe algún referente conceptual que nos diga tajantemente cuál es la diferencia entre ser consumidor y ser consumista? Desde la economía podemos afirmar que consumidor es la persona u organización que consume bienes o servicios que los productores o proveedores ofrecen para satisfacer algún tipo de necesidad real o imaginaria; el consumidor es la etapa final del proceso productivo. El consumismo, por otra parte, es la compra o acumulación de bienes y servicios considerados no esenciales, pero si se trata de intangibles, se es consumista cuando se consume sin mediar reflexión, información ni consciencia. El consumismo es un pilar fundamental del capitalismo y desde algunas disciplinas se puede considerar una patología.

La cosa es que no solo consumimos mercancías. Hoy en día consumimos información, tiempo propio o  de otros, publicidad, promoción y patrocinio. Consumimos la oferta de felicidad y éxito que nos ofrecen las grandes marcas, y también consumimos una falsa idea de seguridad que nos ofrecen frente a la amenaza de algo peor de lo que podemos estar viviendo. ¿Cuándo estas cosas no materiales, pero no por ello menos importantes, se convierten en consumismo? La respuesta parece provenir de ese lugar en el que confluyen las afugias cotidianas por conseguir un bienestar siempre más lejano y la anestesia de los medios masivos con sus realitys, sus noticieros de desesperanza, etc. En suma, de ese viejo lugar donde te pueden comer los leones, pero donde también te dan migajas de pan.

¿Qué tiene que ver esta introducción con la interferencia de la industria y las políticas públicas?

La gran industria transnacional, independientemente del ramo del que se trate, evidencia cada vez con mayor descaro las diferentes estrategias que usa para impedir que los gobiernos de la mayoría de nuestros países adopten políticas de protección de la salud humana y ambiental. América Latina ve como industrias mineras, tabacaleras, de comestibles, de armas, de agrotóxicos, farmacéuticas, etc., compran parlamentarios, fiscales, jueces, presidentes (el caso Odebrecht es solo un ejemplo que se les salió de las manos), con el objeto de que los gobiernos legislen a su favor, protegiendo en el corto y largo plazo sus inversiones.

Todas estas industrias  afectan cada vez en mayor medida a la vida de las personas y ecosistemas, contribuyendo a la destrucción de la salud humana y ambiental y devastando las posibilidades de construcción democrática en nuestros países. Bajo argumentos economicistas de los derechos, aplastan la dignidad humana en la que se basan todos los derechos humanos y de la naturaleza que, para el caso, están indisolublemente ligados.

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