Blog de la Fundación FACUA y la Fundación Ciudadana por un Consumo Responsable para la colaboración y el intercambio entre las organizaciones de consumidores de América Latina, el Caribe y Europa

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Cultura, Arte y Consumo

Publicado el 14 de octubre, 2019 por Nieves Álvarez Martín

A veces, la realidad se confunde con la ficción. Otras veces, incluso, la realidad es aún más impresionante que la ficción. En el mundo del arte, de la literatura, de la cultura en general, no todo vale. Existen unos códigos que hacen que funcionen los buenos poemas, las impactantes instalaciones artísticas, y el pensamiento sano, la honestidad, la ciencia, la proporcionalidad, los conceptos y el relato deben ser consistentes o no funcionará. Los mundos conceptuales en los que se mueven las obras de arte, los grandes poemas, las novelas impagables, los espectáculos que, de verdad, aportan algo, tienen (o deberían tener) como base hacer pensar, conseguir que la ciudadanía reaccione, que recupere su capacidad para detectar la injusticia.

En una buena obra de arte, en una buena novela, nada sucede porque sí. Todo tiene unas consecuencias. Los personajes deben responder a un perfil determinado, los entornos deben ser creíbles y los diálogos transmitir aquello que no puede transmitir el entorno. Si algo se puede ver, no es imprescindible que sea descrito. Pero en la vida real no es así. Y no lo es, fundamentalmente, porque todo responde al “bien supremo”: el dinero. Lo que importan no son las personas, importa la obtención de beneficios. El escritor y economista español José Luis Sampedro, inolvidable y profundamente revolucionario, afirmó en un congreso organizado por la difunta “Escuela Europea de Consumidores” lo siguiente: “desde que la Política Económica pasó a llamarse Economía, todo ha cambiado, el poder del dinero lo domina todo”. Creo que hay mucho de verdad en todo esto, porque la economía debe estar al servicio de la “polis”, es decir, de la ciudadanía, y no al revés, como sucede cada vez más.

En el mundo real, en los mundos que rodean el consumo, nada es lo que parece y alterar la realidad (mediante la publicidad y las informaciones interesadas y deshonestas) está a la orden del día. Y todo responde a un mismo fin: salvar la “Economía”, salvar el dinero de quienes lo tienen a espuertas y que cada vez quieren tener más. El tener más (más dinero, más coches, más lujos, mas joyas, etc.) no tiene fin. Comer es finito, nadie puede comer más de lo que admite su estómago. Por eso, hubo quién propuso que hubiese un límite a tener, a gastar, al despilfarro, un límite en las tarjetas de crédito. Pero eso no se hizo entonces y no se hará nunca. Porque el poder lo tiene el dinero, sin lugar a dudas.

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