Introducción: El consumidor entre el malestar y la adaptación

Vivimos en una sociedad donde las injusticias del mercado —desde publicidad engañosa hasta cláusulas abusivas— son frecuentemente presentadas como «desafíos» que el individuo debe superar con fortaleza interior. Se nos exhorta a ser consumidores resilientes: pacientes, adaptables, capaces de navegar un sistema complejo sin cuestionar sus fundamentos. Esta narrativa, sin embargo, oculta una trampa ideológica que Diego Fusaro desentraña en su texto: la resiliencia se ha convertido en la virtud cardinal de un sistema que prioriza la adaptación del sujeto sobre la transformación de las estructuras objetivas.

La resiliencia como ideología: una crítica desde Fusaro

Fusaro argumenta que el concepto de resiliencia, originario de la metalurgia y luego adoptado por la psicología, ha sido secuestrado por el discurso neoliberal para promover una pasividad funcional al sistema. El
Homo resiliens:

  • Se adapta a las condiciones existentes en lugar de intentar cambiarlas.
  • Interioriza las contradicciones sistémicas como problemas personales.
  • Renuncia a la acción colectiva y a la crítica estructural.

«El hombre resiliente es el sujeto ideal. Está contento con lo que hay porque cree que es todo lo que puede haber. No sabe nada grandioso por qué luchar y en qué creer.»

Esta «cosificación del hombre», como señala Fusaro, reduce a las personas a «recursos» o «capital humano», cuya principal virtud es la capacidad de absorber impactos sin romperse, perpetuando así dinámicas de explotación e injusticia.

Las asociaciones de consumidores: ¿espacios de resiliencia adaptativa o de resistencia transformadora?

Aquí es donde la participación ciudadana en asociaciones de consumidores adquiere una dimensión política crucial. Estas organizaciones pueden funcionar de dos maneras radicalmente diferentes:

1. Como instrumentos de resiliencia adaptativa

  • Se limitan a ofrecer herramientas individuales para navegar mejor dentro del sistema.
  • Reducen los conflictos a problemas de gestión personal («cómo reclamar eficazmente» sin cuestionar por qué hay que reclamar tanto).
  • Fomentan una participación despolitizada, donde el consumidor aprende a «sobrevivir» en el mercado sin desafiar sus lógicas fundamentales,

Fusaro advierte: «El sujeto debe trabajar sobre sí mismo, no sobre la sociedad y el mundo exterior». En este marco, las asociaciones corren el riesgo de convertirse en meros talleres de adaptación, donde se enseña a convertir «las lágrimas en perlas» sin cuestionar quién fabrica el llanto.

2. Como espacios de resistencia y contra-poder

Sin embargo, estas mismas asociaciones pueden ser poderosos espacios de lucha colectiva. Desde esta perspectiva:

  • Colectivizan el malestar: Transforman problemas individuales en demandas sociales.
  • Desnaturalizan las injusticias: Exponen que los abusos no son «leyes naturales del
    mercado», sino construcciones sociales modificables.
  • Generan contrapoder: Frente al «monopolio de los medios de comunicación e
    información» que Fusaro atribuye a los grupos dominantes, las asociaciones crean contranarrativas desde la experiencia concreta de los consumidores.

Fusaro recuerda que, según Gramsci, la lucha de clases es hoy también «una lucha cultural e incluso lingüística». Las asociaciones de consumidores, cuando trascienden la mera gestión de quejas, pueden participar en esa batalla: redefiniendo términos, cuestionando el relato empresarial y mapeando la realidad «desde abajo».

La participación ciudadana: entre el conformismo y la praxis transformadora

La clave está en el tipo de participación que se fomenta:

  • Participación resiliente: Ciudadanos que acuden a talleres para «gestionar mejor» sus conflictos, interiorizando que el problema está en su falta de habilidades, no en la asimetría estructural del mercado.
  • Participación crítica y transformadora: Ciudadanos que se organizan para:
    1. Denunciar colectivamente prácticas abusivas.
    2. Exigir cambios regulatorios (no solo compensaciones individuales).
    3. Cuestionar el modelo de consumo mismo, más allá de sus disfunciones.

Como señala Fusaro, en la posmodernidad se ha reemplazado la lucha contra la «explotación» e «injusticia» por la gestión del «malestar» individual. Las asociaciones de consumidores pueden, conscientemente, revertir este movimiento: traducir el malestar subjetivo nuevamente en crítica objetiva.

Más allá de la resiliencia, hacia la soberanía del consumidor

Fusaro concluye con una cita de Marx que ilumina el camino: «Es en la actividad práctica donde el hombre debe demostrar la verdad […] de su pensamiento». La verdadera
participación ciudadana en las asociaciones de consumidores no es la que se adapta al mundo existente, sino la que lo cuestiona a través de la acción colectiva.

La resiliencia, en su sentido emancipador, debería ser la capacidad de las comunidades para resistir y transformar las lógicas depredadoras del mercado, no la habilidad individual para soportarlas. Las asociaciones de consumidores están en una encrucijada: pueden ser el brazo psicológico del neoliberalismo, enseñando a sobrevivir en la jungla mercantil, o pueden ser escuelas de ciudadanía económica, donde se aprende que otro consumo — y otra sociedad— son posibles.

Como dice Fusaro, «siempre vale la pena oponerse con valentía y traducir las injusticias y contradicciones en razones para una intervención práctica en el mundo». En un sistema
que nos pide resiliencia pasiva, la participación colectiva en la defensa de nuestros derechos como consumidores puede ser, precisamente, un acto de resistencia transformadora.

* Citas del libro de Diego Fusaro «Odio la resiliencia. Contra la mística del aguante» Editorial El viejo Topo 2024.

Doménec Bernad Agusti

Presidente de FACUA Comunidad Valenciana

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