El fracaso de la COP25 no era difícil de predecir. Lo que sí llama poderosamente la atención es el surgimiento en dicha instancia de una enorme grieta entre los gobiernos presentes y la sociedad civil. A nuestro juicio, esta situación marca un punto de inflexión mayor en la crisis climática que vive todo el planeta.

La inexperiencia y la falta de preparación de la presidencia chilena de la COP25 no fue un factor determinante. Desde hace años viene postergándose la aplicación de un mecanismo de mercado que permita reducir las emisiones de CO2. Esto a pesar de que sus promotores se habían fijado como meta principal llegar a un acuerdo este año ya que en 2020 entrará en vigencia la política de reducción voluntaria fijada por el Acuerdo de París.

En este escenario, igualmente resulta muy poco probable que este mecanismo se vaya establecer en la próxima COP26 en Glasgow (Escocia). Esto es así porque los países más contaminantes, los productores de energías fósiles y las corporaciones multinacionales afectadas por estos mecanismos no tienen voluntad política para enfrentar de manera multilateral estas decisiones que, al fin y al cabo, perjudican sus intereses.

Por cada COP que fracasa, los científicos y gran parte de la ciudadanía advierten de que es un año más que se pierde en la lucha contra el cambio climático. De hecho, la principal protagonista de la COP25 en Madrid fue una representante de la sociedad civil, Greta Thunberg, que no se cansó de denunciar la inacción que predomina en las negociaciones internacionales.

Paradójicamente, estas cumbres han ido tomado relevancia para la sociedad civil y no tanto por los acuerdos o desacuerdos que generan los gobiernos participantes, sino por la posibilidad que encuentra la sociedad para reunirse y acordar estrategias que permitan enfrentar desde abajo la crisis.

2019 ha sido un año en el que la crisis climática se ha manifestado con toda dureza y terminará de la peor forma, con un continente entero dentro de un horno con temperaturas récord y con un promedio de 41,9 grados; algo jamás registrado en Australia.

Muy probablemente 2019 sea considerado como el año en el que se llegó a un punto de inflexión y en el que la ciudadanía mundial comenzó a tomar conciencia de que la inacción nos lleva de forma directa al colapso de nuestra civilización.

Muchos sabíamos que el Acuerdo de París tiene muy pocas posibilidades de concretarse: menos del 10%, tal y como hemos explicado en la publicación Colapso: Cuando el clima lo cambia todo. Sin embargo, todavía quedaba una gran cantidad de científicos y activistas que tenían esperanzas en que la humanidad pudiera ponerse de acuerdo en la COP. Hoy en día, en cambio, muchos se encuentran enormemente frustrados porque no han logrado nada concreto al presionar a las autoridades.

El fracaso de la COP25 es el fracaso de la apuesta de que el mercado puede salvar el planeta a través de reducciones voluntarias de los países. Esto no ocurrió, ni ocurrirá en la COP26. Cuando se pongan de acuerdo y logren implementarlo, lo cierto es que será demasiado tarde.

A la ciudadanía mundial no le queda otra opción que desplazar a la élite económica y política por medio de una gran rebelión mundial que cambie drásticamente el modelo de desarrollo basado en el crecimiento económico infinito. Ya no se tratará de rebelarse para mejorar la calidad de vida sino que será por la supervivencia.

Como dijo Jean Jouzel, vicepresidente del Panel Intergubernamental de Cambio Climático: “Esto es entrar en otro mundo”. No deberíamos buscarlo en lejanas galaxias cuando ese nuevo mundo ya se instaló entre nosotros y muchos aún no se han dado cuenta.

Manuel Baquedano, sociólogo chileno. Presidente del Instituto de Ecología Política