Con el creciente papel de la empresa en la actividad económica y su impacto en la sociedad y el medio ambiente, también ha crecido el interés por el rol que desempeña en la sociedad. Su papel ha pasado de ser considerado un instrumento de producción a ser un miembro activo de esa sociedad, con las responsabilidades que ello conlleva. Para poder apreciar los cambios de ese papel y del comportamiento es conveniente considerar la evolución reciente.

Hace algunas décadas, no se consideraba “mala gestión” que las mujeres tuvieran un rol secundario en las empresas. Su papel era mayormente de apoyo a los hombres, la mayoría eran secretarias, y se esperaba que le llevaran el café “al jefe” y sacaran fotocopias (¡hoy lo hacen los pasantes!).

Actualmente, en un gran número de empresas, este tipo de comportamiento es considerado como denigrante y cada vez es menos aceptable, se exige igualdad de condiciones y tratamiento, y acciones proactivas para compensar y vencer los sesgos implícitos y explícitos. Pero todavía prevalece la brecha de remuneraciones por igual trabajo y obstáculos para el desarrollo profesional. Pero se ha avanzado.

A principios de la industrialización, se consideraba la contaminación ambiental como signo de progreso. Hoy por hoy, la contaminación ambiental y las emisiones de gases de efecto invernadero por parte de las empresas, si bien son tolerados, se les exigen reducciones, se piden compensaciones de los impactos negativos. Pero el costo para la sociedad, o es subestimado o es ignorado a propósito ya que se teme por los impactos que su control pueda tener sobre el crecimiento económico. Sin embargo ya no es concebible que, en algunos años más, se sigan tolerando.

Hace decenas de años, y todavía hoy en algunos países, se tolera, o no se combate proactivamente, el trabajo infantil y el trabajo esclavo, pero la tendencia es hacia su erradicación. Todavía se estila la publicidad engañosa, el uso de la psicología de masas y de la manipulación de los sentimientos y del engaño puro y duro, para atraer al consumidor. Y algo todavía más perjudicial como es la comercialización de productos dañinos para la salud.

Comportamientos que antes eran considerados normales, ahora resultan chocantes, irresponsables. En las películas se presentaba, y todavía se presenta a la mujer en un papel sumiso, profesional y sexualmente. Y todavía es aceptable en muchos países usarla como objeto sexual en las campañas publicitarias de eventos deportivos, alcohol y tabaco, por ejemplo. Pero la tendencia es a destacar más su papel profesional, su contribución a la sociedad en todo sentido, sobre todo en países con mayor desarrollo relativo. Paulatinamente estos comportamientos están siendo considerados como irresponsables e inaceptables.

Y en el ámbito de la responsabilidad empresarial, el papel de la empresa en la sociedad también ha evolucionado mucho. Los orígenes de esa responsabilidad están en la filantropía, cuando las empresas consideraban necesario cubrir fallas y omisiones de los gobiernos y de otras instituciones en las necesidades de la sociedad en general. Paralelamente a estas contribuciones genéricas, muchas empresas, donde tenían gran influencia económica y laboral, comenzaron a preocuparse por el bienestar de sus empleados, al exterior de la empresa, con la cobertura de vivienda y servicios de salud y educación que eran deficientes en su entorno. Internamente, al reconocer que el capital humano es su gran activo, muchas empresas están tratando a la persona, como persona con dignidad, no como un recurso de producción, igualable a la materia prima y la maquinaria.

Con la industrialización, otros capitales como el manufacturero y el financiero empezaron a tener un mayor papel, y con la expansión de la actividad económica en la post guerra comenzó y se afianzó la preocupación con el impacto ambiental, y más recientemente, a finales del siglo pasado se intensifico la ubiquidad y velocidad de la información con la que el capital intelectual fue adquiriendo un papel fundamental en muchas empresas. Y con el impacto de la pandemia, se ha reforzado el interés en el capital humano.

El aumento significativo y sostenido de la participación de la empresa en la actividad económica, ha llevado a que tenga grandes impactos en todos los ámbitos y con ello una mayor exigencia para que asuma la responsabilidad por sus impactos negativos. Y con el poder vienen responsabilidades y la sociedad ha ido exigiendo también contribuciones positivas, más allá de producir los bienes y servicios que la sociedad necesita, de crear empleos y pagar impuestos. La producción y comercialización debe ser responsable, los productos y servicios deben ser responsables, los sueldos y condiciones laborales deben ser dignas y se deben pagar todos los impuestos que corresponda.

Si bien en la actualidad el grueso de la responsabilidad empresarial se concentra en evitar y mitigar los impactos negativos de sus actividades, en no hacer el mal, la concepción de esa responsabilidad se está ampliando hacía un “orden superior de responsabilidad”. Muchas empresas están ofreciendo y la sociedad exigiendo, no solamente que no se haga daño o que se mitigue, sino que además se haga todo el bien que sea posible, dentro de sus capacidades y del contexto en que opera. Esto último fue paradigmático en muchas empresas ante el surgimiento de la pandemia.

Y se está reconociendo que las decisiones de las empresas son deficientes desde el punto de vista de la sociedad, al basarse fundamentalmente en criterios de optimización de los beneficios monetarios, pero ignorando su impacto en la desigualdad, la exclusión y la justicia social de sus actividades. La corrección de esto último no es solo responsabilidad de los gobiernos(que muchas veces no pueden o no quieren), es responsabilidad de las empresas evitar que sus impactos contribuyan al problema.

En este sentido gran parte de la culpa la tienen las instituciones educativas y de mejoramiento profesional de los ejecutivos que con una visión miope, continúan promoviendo el bienestar de la empresa en al corto plazo, aunque con ello tengan impactos negativos. Y con esto no queremos decir que la educación para la gestión debe ignorar que la empresa tiene fines de lucro. Lo que queremos enfatizar es que la educación para la toma de decisiones debe incluir otros criterios además de la maximización de beneficios financieros, y que estos no deben ser considerados como la razón de ser de la empresa sino como medios para una mayor contribución al avance de la sociedad.

Adicional y progresivamente, hay un reconocimiento de que la empresa utiliza recursos de la sociedad por los que no paga su valor, que deberían incorporarse en esa toma de decisiones. Se aprovecha de la educación que han recibido sus empleados y la salud con la que cuentan sin pagar por ello, parte de lo cual ha sido obtenido con recursos del estado proveniente de los impuestos pagados por individuos y empresas.  Se benefician de la seguridad nacional, de la seguridad jurídica, de los servicios públicos, del entorno de negocios y de la infraestructura de transporte y energía lo que les permite llevar a cabo sus operaciones con más eficiencia. Es cierto que (algunas) empresas pagan (¿pagan o evitan y eluden?) impuestos para contribuir a la provisión de estos servicios públicos, pero son insuficientes para cubrir los beneficios que obtienen de la sociedad. Y para colmo localizan sus ingresos en países donde tienen menor carga impositiva, dejando de cubrir el costo de aquellos beneficios que le confiere la sociedad donde opera.

La empresa utiliza servicios del medio ambiente, por ejemplo, el aire, que lo devuelve, usado, con contaminación y con gases de efecto invernadero que causan o causarán daños a la sociedad, sin pagar por esas consecuencias.  Utiliza agua que podría tener usos alternativos con mayores beneficios para la sociedad, sin pagar por su verdadero valor, el valor de escasez, no solo el costo o el precio fijado por un mercado imperfecto, muchas veces subsidiado. 

El caso más paradigmático es el del muy imperfecto mercado laboral, donde la asimetría de poder empresa-empleado hace que la empresa no pague por el verdadero valor de la contribución del capital humano a sus beneficios, por el valor del capital intelectual que adquiere sin pagarlo y que ha sido creado por la sociedad a través de sus instituciones educativas y de salud y por el esfuerzo propio.

¿Quiere esto decir que, para asumir su responsabilidad social, la empresa deberá “sacrificar” parte de su rentabilidad para contribuir al bienestar de la sociedad? No, esto quiere decir que hay que reconocer que los beneficios financieros que obtiene la empresa no pertenecen solamente a los aportantes de capitales tangibles, también pertenecen a la sociedad, que aporta capitales tangibles e intangibles por los que la empresa no paga, o no paga su costo para esa sociedad. Esto implica que debe ejercer sus funciones tomando en cuenta lo que le debe a esa sociedad.

Si cree que no le debe nada a la sociedad, entonces que se mude a una isla desierta.

Y es nuestra responsabilidad como consumidores, como empleados, como funcionarios, como votantes, como dirigentes, públicos y privados, como educadores, como ahorristas e inversionistas, como personas influyentes, ejercer estas funciones con responsabilidad, tomando las decisiones que impulsen a las empresas a asumir ese “orden superior de responsabilidad ”y de contribuir nosotros mismos al mejoramiento de esa sociedad con un comportamiento personal responsable.

Una de las grandes ironías de hoy en día es que exigimos responsabilidad a todos los demás, pero nosotros estamos exentos de ella.

Antonio Vives

Socio Principal de Cumpetere

Exgerente de Desarrollo Sostenible del Banco Interamericano de Desarrollo

Exprofesor adjunto de Stanford University de Estados Unidos.

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