Vivimos una paradoja incómoda. Todos los discursos públicos ensalzan la participación ciudadana: votar, sindicarse, militar, asociarse, organizarse. Sin embargo, la mayoría de la gente no participa. Y cuando no lo hace, la explicación más rápida —y más cómoda— es moral: apatía, egoísmo, desinterés. Desde el marxismo, esa explicación es perezosa y falsa. La no participación no es una falla del carácter, sino un efecto de las relaciones sociales de producción. Para entenderla hay que mirar la base material: el tiempo, la energía, la salud, el deseo y el poder real de decisión que el capitalismo expropia.
El psicólogo Álex Giménez propone una clasificación sencilla pero demoledora. Las personas se dividen en cuatro grupos según dos variables: la voluntad (querer cambiar) y la capacidad (poder hacerlo). Hay quienes quieren y pueden; quienes quieren pero no pueden; quienes pueden pero no quieren; y quienes ni quieren ni pueden. Aplicado a la participación en asociaciones, esto lo cambia todo.
El error habitual de sindicatos, partidos y colectivos es creer que basta con persuadir. Se imprimen panfletos, se dan charlas, se organizan foros de debate, se convocan asambleas. Pero, como señala Giménez, la conciencia política no es un interruptor que se enciende con el argumento correcto. La salud mental y las condiciones materiales determinan la capacidad de participar. Quien llega a casa reventado tras doce horas de trabajo precario, trabajo efectivo mas horas de transporte al centro de trabajo, quien arrastra una depresión sin tratar, quien tiene que llevar adelante una familia con hijos, escuela, actividades extraescolares, quien cuida de un familiar dependiente sin red pública, no participa porque no puede. No es apatía: es agotamiento. El capitalismo no solo vacía el bolsillo; vacía la psique. La alienación marxista no es solo separación del producto del trabajo, sino fractura psicológica que impide pensarse como sujeto colectivo.
Segundo obstáculo: el capitalismo disciplina del deseo
El filósofo Diego Fusaro añade una capa más profunda. El capitalismo, dice, no es solo un orden económico, sino “una disciplina del deseo”. El amor, lo erótico, los vínculos humanos se convierten en mercancías. La sociedad de consumo rebaja a la mujer en un bien de consumo y transforma a los niños en artículos de comercio. Cuando todos los vínculos se miden por su rentabilidad, la participación ciudadana —que es puro don, pura gratuidad— queda sin suelo donde crecer.
Desde el marxismo, esto se entiende como colonización mercantil de la reproducción social.
Participar en una asociación exige tiempo no remunerado, energía afectiva, confianza en los demás. Todo eso es exactamente lo que el mercado depreda y desprecia. La ideología dominante —libre mercado, libre goce— presenta como libertad lo que es disciplinamiento. Para el capitalismo del siglo XXI la familia tradicional último reducto de la solidaridad es una estructura a eliminar e introducir el individuo liberal-libertario: el individualismo es el sujeto que el capital necesita para reproducirse y beneficiarse.
Tercer obstáculo: instituciones participativas sin poder real
El historiador Mark Reid aporta una lección desde la experiencia china. Los Congresos de Personal y Trabajadores (CPT) fueron la principal institución de gestión democrática en la República Popular China. Nacieron con fuerza, permitían a los trabajadores supervisar la producción y expresar sus preocupaciones. Pero con el tiempo se convirtieron en “meras formalidades cuyo único propósito era dar el visto bueno a decisiones tomadas de antemano”.
¿Qué pasó? Que la participación sin poder real se marchita. Reid documenta cómo el aparato de planificación de arriba abajo reforzó a los cuadros medios frente a los trabajadores de base. Los CPT acabaron siendo una plataforma para luchar por indemnizaciones, no un órgano de decisión.
La lección marxista es clara: no basta con crear cauces de participación en la superestructura. Si esos cauces no tocan el control de la producción y la toma de decisiones macroeconómicas, la gente deja de usarlos. La indiferencia no es falta de interés; es una respuesta racional a una estructura que no escucha.
Cuarto obstáculo: ideología, privilegio y exclusión
Quedan los que pueden pero no quieren. Giménez los sitúa en la pequeña burguesía que teme perder privilegios y en el trabajador que ha interiorizado la meritocracia. Son víctimas de la hegemonía cultural: han asimilado los valores del opresor. Desde el marxismo, no se les convence con moral; se les presiona con correlaciones de fuerza. La experiencia histórica muestra que los privilegios no se ceden por convencimiento, sino por organización y lucha.
Y quedan los que ni quieren ni pueden: exclusión severa, adicciones, sin hogar, alienación máxima. Con ellos no hay militancia que valga, sino praxis del cuidado en estado puro. Solidaridad incondicional, acompañamiento, exigencia de recursos psiquiátricos y sociales. Solo cuando recuperan un mínimo de estabilidad empiezan a recuperar poder. Y solo cuando recuperan poder puede germinar el deseo.
Conclusión: construir capacidades, no vender ideas
Si algo enseñan estos autores es que la participación ciudadana no se decreta ni se persuade. Se construye materialmente. Exige eliminar barreras concretas —guarderías en las asambleas, comida, espacios seguros—, sanar heridas psicológicas —cuidar la salud mental como recurso político—, resistir la colonización mercantil de los vínculos y crear estructuras donde la participación tenga poder real de decisión.
El trabajo, entonces, no es ser vendedores de ideas, sino constructores de capacidades y poder popular. Porque la transformación social, como la sanación en la clínica, no empieza con un gran discurso iluminador, sino con el trabajo lento y constante de devolverle a las personas la energía, la salud y el poder necesario para querer, y sobre todo, para poder. La participación no es un deber moral abstracto: es una conquista material.
Doménec Bernad Agusti
Presidente de FACUA CV
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