Un estudio encargado por la unidad de investigación en obesidad del gobierno británico al Centro de Políticas en Alimentación de la Universidad de la Ciudad de Londres para evaluar los esfuerzos para combatir la epidemia de obesidad en ese país, concluye diciendo, algo así como: “Es el ambiente, idiota”.

Los ingleses fueron de las primeras naciones en impulsar políticas para enfrentar la epidemia de obesidad con intentos de regular el etiquetado de los productos, la publicidad dirigida a la infancia y los alimentos en las escuelas. Sin embargo, en uno y otro caso, el poder de las corporaciones dejó las medidas en esfuerzos voluntarios o las debilitó profundamente.

Como sabemos, la epidemia de obesidad en el Reino Unido, como en México, se transformó en un caldo de cultivo para la pandemia de la Covid-19. El propio primer ministro, Boris Johnson, al salir del hospital tras ser internado por el virus, tomando conciencia de cómo su condición de sobrepeso había contribuido a agudizar su condición de salud, se comprometió a impulsar políticas públicas contra el consumo de alimentos y bebidas no saludables.

El reporte encargado por el gobierno británico advierte que los esfuerzos no irán a ningún lado si no se transforma profundamente el ambiente alimentario en el que existe un acceso permanente, durante las 24 horas del día y en todo lugar, a comida chatarra. Los expertos señalan que se convierte en un acto heroico bajar de peso en medio de la omnipresencia de esos productos, su publicidad y sus promociones. El reporte lo explica así: “La gente ha reportado que estar todo el tiempo en todo lugar expuestos a promociones hace muy difícil no pensar en comer o realizar compras no planeadas de alimentos altos en azúcares, sodio o grasa”.

Como diversos estudios lo han expuesto alrededor del mundo, son los ambientes alimentarios conformados por la invasión de productos ultraprocesados con altas cantidades de azúcares, grasas y sodio, la causa principal del deterioro de los hábitos alimentarios a escala global. El cambio de la comida que podemos llamar de verdad, que fue lo que alimentó a la humanidad en su devenir, por productos diseñados en laboratorio y elaborados en fábricas en base a ingredientes cosméticos artificiales como saborizantes, colorantes, aromatizantes, ha traído como consecuencia una epidemia de sobrepeso, obesidad, enfermedades cardiovasculares y diversos tipos de cáncer.

La revisión realizada por los expertos concluye que, incluso, los mejores planes de manejo del sobrepeso tienen muy limitado impacto si no se realizan cambios profundos en el ambiente alimentario. La coordinadora del estudio Kimberley Neve señala que no se pueden plantear soluciones personales, ni el autocontrol, que las personas que están realizando un gran esfuerzo por bajar de peso no pueden hacerlo en un entorno que los incita, de forma permanente, a ir en sentido contrario.

El caso británico llega a ser más complejo que el mexicano ya que el costo de las frutas y las verduras es mucho más alto que el de la comida chatarra. En el caso mexicano más que la diferencia del costo es la falta de acceso, no hay cadenas de distribución que lleven los productos saludables como sí lo hace la inmensa red de distribución de Coca Cola, Bimbo, Sabritas, Barcel, etc. ¿Cuáles son los camiones distribuidores de productos que vemos cotidianamente en nuestros barrios?

El tema en México es de falta de acceso a alimentos saludables. Hay 1.5 millones de puntos de venta de Coca Cola y cuántos hay de frutas y verduras. Y donde suele haber Coca Cola, están las Sabritas, los Barceles, los panes Bimbo, los dulces Sonric’s y Ricolino, las carnes procesadas de Fud y demás productos ultraprocesados, con nulo o muy bajo valor nutricional. Y ese es justamente nuestro entorno alimentario, el de las tienditas y sus productos.

La directora de la Sociedad Británica de Obesidad, Jane DeVille-Almond señala: “Los cines, los centros de ocio y actividades, hospitales, áreas de trabajo, supermercados y espacios de restaurantes necesitan todos trabajar para ofrecer y promover opciones saludables atractivas”. La conclusión es clara: la obesidad no se enfrentará con actos de voluntad se requiere modificar el ambiente a nuestro alrededor.

En un reporte anterior de la Obesity Health Alliance se señala la condición de los ciudadanos británicos, muy parecida a la de los mexicanos: los británicos están expuestos desde su nacimiento a un ambiente obesogénico en el que los productos con alto contenido calórico, con bajo valor nutricional, son altamente accesibles, abundantes y normalizados, así como el hecho de que la actividad física no forma parte de la vida cotidiana”.

El director del Foro Nacional de Obesidad del Reino Unido, Tam Fry, señaló que esto es lo que han venido diciendo desde hace una década, pero los políticos han fallado, no han escuchado y han dejado a la industria autoregularse. La autoregulación significa dejar a la industria en el poder de hacer lo que quiere. Ahora los investigadores exigen al gobierno regular a la industria en favor del bienestar colectivo.

Las condiciones que deben crearse tienen que revertir las existentes, es decir, los alimentos más saludables deben de ser los más asequibles, tanto en acceso a ellos como en precio, y los no saludables deben ser menos asequibles, también tanto en acceso como en precio. Se calcula que el costo de la obesidad al sector salud del Reino Unido es de aproximadamente 6 billones de libras esterlinas y que para el 2050 llegue a 10 billones, es decir, un aumento de más del 65%. Un problema creciendo aceleradamente. Las corporaciones aumentan sus ganancias y los daños los pagan los gobiernos y el bolsillo de las familias.

El caso mexicano es aún más catastrófico.  José Ángel Gurría, secretario general de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), advirtió en enero de 2020 que la obesidad en México es un problema muy severo, un tema ético y económico, que está afectando la esperanza de vida de los mexicanos. Señaló que en prospectiva se reducirán 4 años en los próximos 30 años. La OCDE calcula que existe una reducción del PIB en México del 5.3 por ciento a causa de la obesidad.

Los alimentos saludables deben ser los únicos que existan al interior de las escuelas, los únicos que se publiciten en los horarios y los medios en que la audiencia infantil es significativa, deben ser objeto de subsidios y promociones, deben ocupar los espacios centrales y destacados en los puntos de venta, deben ser los más asequibles.

Los productos no saludables no deben estar en escuelas, hospitales, centros de trabajo, no deben publicitarse y deben ser castigados con impuestos que cubran las externalidades que provoca su consumo. No se trata de prohibir, se trata de no transferir daños a la sociedad para el beneficio de un puñado de corporaciones. Y, principalmente, se trata de recuperar un ambiente saludable para todos.

El título de este artículo se inspira en la frase famosa “Es la economía, estúpido” (It’s the economy, stupid) una frase que utilizó durante su campaña electoral Bill Clinton en 1992 contra George H. W. Bush (padre) para llegar a la presidencia de los Estados Unidos.

Alejandro Calvillo, Director de El Poder del Consumidor – México

Sociólogo. Estudios en filosofía y medio ambiente.

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