Rubén Sánchez (Sevilla, 1974) es secretario general de FACUA-Consumidores en Acción y patrono de la Fundación FACUA. En esta entrevista hace un repaso a su dilatada trayectoria en defensa de los derechos de los consumidores.
También critica la falta de determinación del Gobierno para frenar los abusos del mercado y explica su particular lucha contra los bulos y la desinformación promovida desde determinados sectores políticos y empresariales vinculados a la extrema derecha.
La lucha por la justicia social viene de familia. Tu padre, Paco Sánchez, fue pieza fundamental en el origen de FACUA y en el crecimiento de la organización hasta alcanzar la dimensión que tiene hoy día. ¿Qué te motivó o te llevó a seguir sus pasos?
Yo pertenezco a una generación de personas que, desde pequeños, hemos vivido la lucha política, la reivindicación y la efervescencia de los movimientos ciudadanos.
Me crié compartiendo horas que mi padre o mi madre dedicaban a ese tipo de actividades o a salir a la calle a manifestarse. Porque además en ese etapa no tenían con quién dejar a los niños.
Yo acudía a muchas reuniones, veía a qué se dedicaban mis padres cuando participaban en movilizaciones, he estado en manifestaciones siendo niño… Entonces, me vi inmerso en algo que para mí, en un principio, era ser mero espectador. Eso sí, poco a poco fui interiorizando la necesidad de salir a la calle y de participar en movimientos ciudadanos para mejorar las cosas. No ya sólo para mejorar derechos, sino para preservarlos.
Por eso no me cogió de nuevas. No era meterme en algo desconocido, sino en un movimiento que ya había visto desde pequeño.
Ya de adolescente, y al entrar en FACUA para hacer prácticas de periodismo durante la carrera, fui tomando mucha noción de la importancia que tiene formar parte de movimientos asociativos para reivindicar derechos y luchar contra los abusos y las injusticias.
A eso le sumas lo mal que lo pasaron mis padres. El hecho de que hayan estado perseguidos por las Policía. Mi padre fue apalizado por la policía franquista y pasó por distintas cárceles.
Todo ello hace interiorizar eso como una especie de responsabilidad. De no traicionar a los que han estado antes luchando, jugándose el cuello con mucho más nivel de peligro del que nos lo podemos estar jugando hoy incluso con la coyuntura actual del auge de la extrema derecha.
Casi que fue una obligación autoimpuesta, porque entiendo que los que venimos después tenemos que dar la talla ante los que se jugaron la vida por nosotros y por traernos democracia y libertades.
Llevas toda una vida dedicado a la defensa de los derechos de los consumidores. Desde hace años eres la cara visible de FACUA en los medios de comunicación. Para muchos un ejemplo de lucha y perseverancia. Para otros, el foco de todos sus ataques e insultos ¿Cómo vives dicotomía de amor-odio?
Realmente fue un cambio trascendental allá por principios de la década pasada, en torno a los años 2012 o 2013.
FACUA se proyectaba en positivo para la inmensa mayoría de la ciudadanía. La gente veía cómo hacíamos cosas por defenderlos de abusos, por proteger sus derechos. Era muy raro ver una noticia relacionada con FACUA o en relación a mi papel en negativo. Las había, evidentemente, pero eran casos excepcionales.
A partir de esa etapa comienzan a producirse movimientos de determinadas organizaciones como Ausbanc y Manos Limpias, coaligadas con el Partido Popular, para atacar a FACUA y utilizar mi imagen para intentar destruir nuestra reputación, sacando informaciones falsas o tergiversadas sobre mí.
Se produce un giro trascendental que coincide con que yo empiezo a tener proyección pública en las redes sociales por cuestiones ajenas a FACUA. Sencillamente por expresar mis ideas, mis preocupaciones y mis inquietudes políticas, por entender que lo que estaba haciendo el PP en el Gobierno, en algunos casos, eran auténticas salvajadas.
El crecimiento de mi imagen pública a través de las redes sociales empieza a producir un giro importante. Mi presencia mediática, aunque seguía aumentando, no siempre era para bien. También había muchos ataques, de medios de comunicación, del Partido Popular, de grupos de la extrema derecha.
Y ese odio ha ido in crescendo en los últimos años, sembrado por las derechas. Llega un momento en el que estos ataques son de tal dureza que me veo en la necesidad de tener que defenderme por la vía judicial.
Muchas veces son decenas, cientos de insultos en un sólo día que no son plato de buen gusto. Asumo que a día de hoy, ser dirigente de una organización ciudadana que tenga cierta notoriedad pública, que tenga cierto impacto en la vida pública de nuestro país, supone ser también blanco de ataques. Y más si te posicionas políticamente como una de las muchas voces que tiene la izquierda, desmontas bulos o irregularidades dentro de la extrema derecha mediática, política y económica.
Los ataques son muy duros. Durante estos años ha sido muy difícil adaptarse y endurecerse. Ha sido una década de aprendizaje frente a campañas de difamación. Hoy en día yo soy muy distinto a como era hace algo más de una década.
He aprendido mucho de lo que he sufrido y he aprendido mucho de lo que he conseguido mediática y judicialmente contra la gentuza que se ha dedicado a atacarme y a intentar desprestigiarme.
En las últimas décadas se ha avanzado en la protección de los derechos de los consumidores. Pese a ello, mucha gente sigue sintiéndose desprotegida o desinformada a la hora de enfrentarse a un problema relacionado con el consumo. ¿Cuánta culpa de ello tienen las administraciones públicas y cuánta los propios afectados?
Parto de un criterio que creo que es importante y es que asumir que cuando somos adultos tenemos una auto rresponsabilidad en defendernos. Y en defender a los nuestros frente a los abusos. No podemos infantilizar a la gente pensando que son consumidores absolutamente desprotegidos, que no pueden hacer nada.
Otra cosa es que tenemos que ser conscientes de que hay una enorme falta de conocimiento sobre los derechos como consumidores, y una enorme desmotivación en cuanto a la reivindicación y denuncia de los derechos o de las irregularidades que sufrimos.
Falta movilización social, no somos un país precisamente en el que los ciudadanos tengan una conciencia extraordinariamente crítica frente a los abusos que sufren como consumidores.
Eso es un hecho que está agravado. Tanto por las administraciones públicas como por la propia educación que recibimos en las escuelas, donde recibir información como consumidores es algo utópico. Se da muy de vez en cuando una charla en un colegio o en un instituto, pero no está implementado dentro de las actividades que se desarrollan. Tenemos asignaturas de religión y de ética pero ninguna relacionada con aprender a enfrentarnos al mercado y a la vida.
Hay una deficiencia importantísima en el sistema educativo por parte de las administraciones en cuanto a potenciar que el consumidor se auto proteja.
Los gobiernos y los partidos políticos no tienen ningún interés en que la gente sea consciente de que tiene que enfrentarse a los fraudes. Es más, están del lado, plegados, vendidos o al servicio de las empresas que se dedican a cometer esos fraudes.
Hay otros gobiernos y otros partidos que pueden tener una ideología más proclive, más progresista, hacia la búsqueda de equilibrios en el mercado, pero que se quedan muy cortos en cuanto a las medidas de protección que adoptan. Hay empresas muy potentes, con mucha capacidad de presión y mucha fuerza para frenar decisiones del Gobierno.
Yo soy mucho más crítico con las izquierdas que con las derechas ante esto, porque en las derechas asumo que es su rol, es su papel. Ellas no tienen interés en proteger a los ciudadanos frente a los abusos del mercado.
Pero cuando desde las izquierdas, sobre todo las izquierdas a la izquierda de la izquierda no asumen la necesidad de denunciar los abusos del mercado, a mí me provocan una enorme decepción.
Me provocó mucha decepción el papel de Alberto Garzón como ministro de Consumo. No estuvo a la altura de las circunstancias y del papel que estaba llamado a desempeñar como el primer ministro únicamente de consumo de la historia.
Ahora tenemos un nuevo ministro de Consumo que va muy por delante de Garzón, porque sí se está creyendo y está asumiendo ese rol de señalar abusos en el mercado.
Pero le veo también una falta de miras para asumir que la sociedad civil está ahí y va a seguir estando cuando él deje de ser ministro. Nosotros llevamos funcionando desde hace 45 años y nadie nos ha derribado. Ni gobiernos ni empresas que han ido a por nosotros.
Pero hay un mandato constitucional que dice que tenemos que ser ayudados y potenciados por las administraciones. Y este ministro no está asumiendo que el rol de FACUA como asociación de consumidores merece ser cuidado y protegido. Al contrario, desde su cartera se nos ha recordado de manera brutal unas ayudas públicas que no son ningún regalo, son una obligación constitucional.
Pablo Bustinduy no ha asumido que dentro del movimiento de consumidores hay una serie de chiringuitos que no representan a prácticamente nadie y que están siendo objeto de unas ayudas públicas descomunales en proporción a lo que son.
En cambio, a nosotros se nos está maltratando de una manera absolutamente injusta por esa falta de miras. Hasta ahora no se ha implicado en la fiscalización de un movimiento de consumidores dentro del cual hay organizaciones fuertes, organizaciones que somos realmente representativas, pero también hay chiringuitos que son una absoluta nada, que incluso falsean los datos que declaran.
Nos han recortado las ayudas en más de un 30% en dos años. Eso significa debilitar a nuestra organización y restarnos recursos para tener capacidad de luchar ante contra los abusos que hay en el mercado y de tener una estructura participando y trabajando dentro de la organización.
Para seguir avanzando en derechos es fundamental reforzar y ampliar el movimiento consumerista. Para ello están las organizaciones como FACUA. ¿Cómo definirías el trabajo que se hace desde esta asociación de consumidores de la que actualmente eres secretario general?
Nosotros nos intentamos distinguir del resto de movimientos de consumidores, tanto en España como incluso en la inmensa la gran mayoría de países de Europa y de otros continentes.
Nuestro modelo de organización está centrado en contar con una gran masa afiliativa. Nuestro principal objetivo es representar a los consumidores, siendo una organización integrada y legitimada por una gran masa de consumidores.
Tenemos cerca de un cuarto de millón de personas que nos han dado su confianza inscribiéndose a la organización. Y dentro de ellos hay varias decenas de miles que tienen el carácter de socios de pleno derecho, que aportan una cuota. Entendemos que la clave de nuestra estructura y de nuestra financiación tienen que ser los socios.
Más de dos tercios de nuestros ingresos vienen de las cuotas de los socios y un tercio de ayudas públicas de distintas administraciones. Además, cero euros de empresas privadas. Esa también es otra de nuestras señas de identidad.
Hay otras organizaciones de consumidores cuya estructura, funcionamiento y existencia se basa casi en exclusiva en dinero público. No tienen socios que aporten cuota y no tienen ninguna preocupación por crecer en socios porque no les interesa tener socios. Tener socios significa tener que rendir cuentas de lo que estás haciendo y ser fiscalizado por tus propios socios.
Hay organizaciones que están empeñadas en recibir dinero del sector empresarial de forma sucia. No te puedes convertir en comisionista de una empresa. No te puedes dedicar a hacerle publicidad a los productos y servicios de una empresa para que tus socios y simpatizantes los contraten y luego llevarte una comisión. Eso es funcionar como una empresa más.
Las organizaciones de consumidores tenemos que ser movimientos sociales que salgan a la calle y combatan abusos a todos los niveles frente a quienes los cometen, sean empresas o sean gobiernos.
También eres patrono de la Fundación FACUA para la Cooperación Internacional y el Consumo Responsable. ¿cuáles dirías que son las diferencias principales del movimiento consumerista de España con respecto al de otros países de América Latina y el Caribe?
Lo que diferencia a FACUA del movimiento de consumidores de América Latina es nuestra forma de ser y actuar. Nuestro empeño y el eje de nuestra existencia es ser consumidores unidos y organizados.
En América Latina no se está potenciando tanto. Yo creo que eso es un error. El crecimiento de las organizaciones de consumidores debe girar en torno a asociados que las legitimen, que aporten cuotas para que puedan existir y crecer.
En Latinoamérica se supeditan demasiado a ayudas públicas o a ayudas de otras organizaciones hermanas de otros países del mundo. Eso es un error porque les provoca una fecha de caducidad supeditada a sus cuadros dirigentes, bien porque se marchen por cuestiones de edad o porque se pierda la financiación pública y se queden sin recursos.
La clave de los recursos de una organización de consumidores tienen que ser sus socios, Es la gran diferencia que tiene FACUA con el movimiento de consumidores en América Latina. Hay muchas organizaciones hermanas a las que estamos intentando convencer de que deben trabajar en esta clave.
Además de tu labor dentro de FACUA y la Fundación FACUA, también juegas un papel muy activo en redes sociales en tu particular batalla contra los bulos. ¿Hay ahora más desinformación que nunca?
Tenemos un exceso de información y cuando tenemos saturación en la información, muchas veces banalizamos las informaciones porque recibimos tantos impactos al cabo del día que la noticia más grave que ha ocurrido hoy de repente deja de tener importancia.
Eso provoca que no pongamos en valor muchas de las cosas que recibimos como público, no como receptores de la información. Pero a eso se le suma el que un altísimo porcentaje de la información que recibimos es desinformación. Son bulos, son mentiras o tergiversaciones, con lo cual se añade un elemento gravísimo, que es la enorme dificultad que tiene un ciudadano para poder separar la paja del trigo, para separar la información veraz de la mentira. Es un sobre esfuerzo descomunal.
Es muy difícil para un ciudadano medio hacer eso con una noticia. Es una tarea prácticamente imposible. Y eso es muy grave para tu desarrollo personal y para el funcionamiento de una democracia donde tus decisiones políticas, tus decisiones de voto, pueden estar también condicionadas por informaciones falsas o por demonizar a alguien por algo que ha hecho que en realidad no ha hecho.
Tenemos un nivel de bulos muy superior al de décadas atrás y una saturación informativa como nunca porque antes no teníamos acceso a la información a través del móvil.
Una de las recetas que tenemos que seguir para combatir esto es depositar nuestra confianza en medios o profesionales de reconocido prestigio que tengan una trayectoria que les caracterice por intentar buscar la verdad. Hay que ser muy selectivos con los medios y los profesionales a los que damos credibilidad.
El ser selectivo es una de las claves fundamentales para intentar evitar ser víctimas de la desinformación. Aún así, es muy complicado no tragarnos varios bulos al cabo del día.
Has publicado Bulos, manual de combate. En este libro relatas tu experiencia personal de más de una década de juicios, acusaciones, amenazas e insultos. Pese a todo, ¿merece la pena seguir peleando?
Merece la pena pelear por cualquier causa que puedas entender noble. Desde la defensa de los derechos de la gente, en este caso en el ámbito de su protección como consumidores, hasta intentar desmontar las mentiras de la extrema derecha que quiere y puede llegar al poder si no logramos entre todos los demócratas evitarlo.
Merece la pena sufrir. Descréditos, insultos, calumnias… Merece la pena porque el objetivo es absolutamente trascendental para la vida de la gente.
Por un lado, es combatir para conquistar derechos, para mantener derechos, para resolver problemas, para evitar hasta la ruina de gente como consecuencia de engaños, de trampas, de estafas de grandes empresas.
Por otro lado, para evitar que haya mucha gente desinformada y que España se ultraderechice a un nivel tal que lleguen al gobierno los fascistas.
Muchos de los que nos implicamos en esto hemos asumido el papel de soldados en una guerra contra la mentira y contra la extrema derecha. Lo poco que yo pueda aportar siempre me va a merecer la pena frente al descrédito que haya podido sufrir. Y sobre todo partiendo de que los que estuvieron antes que nosotros. Muchos murieron o sufrieron torturas y cárceles como consecuencia de haber defendido la democracia y las libertades.
No implicarnos en esta guerra contra el regreso del fascismo sería ser absolutamente irresponsables y ingratos con quienes nos han dado tanto.
Muchos líderes mundiales y formaciones políticas de extrema derecha hacen de los bulos y la desinformación su bandera. Es más, estos mensajes falsos y de odio parecen calar entre la población. ¿debemos de tener miedo al futuro que se nos viene?
Si somos sujetos pasivos en lo que está ocurriendo y somos meros espectadores de una película que está pasando por delante de nuestros propios ojos… Al final no somos espectadores, somos víctimas directas.
Cuando nos convertimos en víctimas directas es cuando posiblemente empecemos a pensar que hicimos mal quedándonos en nuestra casa cuando tocaba votar en unas elecciones o habiendo confiado en partidos como VOX o el Partido Popular, que están tomando decisiones, impulsando políticas y lanzando mensajes de extrema derecha.
Al final, nos podemos convertir en corresponsables de las cosas graves que le ocurran a nuestro país, a nuestra comunidad, a nuestro municipio, a nuestros vecinos o incluso a nosotros mismos.
Si no tomamos conciencia de que tenemos que ser partícipes de la lucha contra lo que está pasando, la bestia del fascismo nos va a comer, nos va a devorar y va a mandar en nuestro país.
Ya no van a ser poderes económicos frenando decisiones en gobiernos que sean de derecha o de izquierda. Van a ser lo más salvaje, lo más ruin y lo más peligroso de los grandes poderes económicos, teniendo a gobernantes que estén plegados totalmente sus intereses sin ningún tipo de filtro.

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